Barnechea: «El discurso del virrey»

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Hay quienes dicen que el Perú es el país de las ficciones: un espejo Kafkiano o el más elocuente de los juegos borgianos que existen. Sin lugar a dudas, la temporada electoral es el escenario perfecto para el montaje de estas historias. Y es que sobre el tablero tenemos 24 opciones para elegir al próximo presidente. Hecho que demuestra no solo la infancia política que vivimos, sino también ese insaciable apetito por el poder.

Ahora que hablamos de discursos, es necesario prepararnos para escuchar las mismas frases, con los mismos puntos y comas, sazonadas con tonos graves y poses de caudillos, en las principales plazas del país, donde abundarán las promesas de construir un Perú que solo existe en nuestras almohadas al dormir. Sin embargo, esto no es más que un libreto bien cuidado, en el que cada palabra tiene como objetivo encandilar a las masas.

De sobra sabemos que cada discurso es pensado para refractar la imagen del candidato. Por lo general, echa mano de clichés y elementos que resaltan el lado humano y empático del locutor.  Esto me recuerda a la película “El discurso del rey”, del director Tom Hooper, en la que el rey Jorge VI, debe superar el problema de su tartamudez para dirigirse a su pueblo en el día de su coronación. El punto es que hacia el final de la película, se adecua el discurso con las pausas necesarias, para que el rey evite tartamudear y llegar con suficiente aire hacia las palabras.

A propósito, no tengo la más mínima idea de si los candidatos ensayan sus líneas antes de salir a escena. Un caso interesante es el del precandidato por Acción Popular Alfredo Barnechea, tristemente recordado por el pan con chicharrón que no comió en la campaña presidencial del 2016. Ahora, después de cuatro años de silencio, Barnechea ha vuelto a la escena política.

Sin papel que lo secunde y armado con el temperamento que lo caracteriza. Barnechea enfrentó una entrevista, el pasado 30 de octubre, frente a la periodista Mávila Huertas. Donde dejó muy claro que su candidatura responde a motivaciones gaseosas. Primero, porque señaló que postula casi por una obligación moral. Después de haberlo pensado mucho, argumentó esgrimido por políticos tradicionales, a quienes les es difícil aceptar que los seduce la idea de ser presidente. Ahora bien, cabe preguntarse, en tiempo de vacancias e incapacidades morales permanentes qué es moral, un tema vaporoso y venido a menos.

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En segundo lugar, Barnechea piensa que las realidades políticas entre países son iguales. ¿Es posible comparar el sistema político francés con el peruano? Para Barnechea, y esto será una palabra clave, las realidades no tienen por qué ser distintas (al referirse al objetivo que debió tener el Gobierno de transición de Martín Vizcarra, comparado con el del francés François Mitterrand en el 86).

Gobernar con la cabeza puesta en realidades que nos llevan años de luz de desarrollo está bien para el papel, para el discurso onírico repetido hasta la náusea en la televisión. Sin embargo, olvida Barnechea, y quizás también lo hagan muchos otros candidatos, que el Perú ha demostrado ser un país complejo, en apariencia insalvable y en el que las buenas intenciones no alcanzan para solucionar los problemas milenarios que acarrea.

Otro punto interesante, y presente en el discurso político en tiempos electorales, es sin duda el concepto de la apropiación cultural. Y es que para Barnechea, los gestos no importan en política. Tal vez deba llevar un curso acelerado de comunicación política o desempolvar las sólidas teorías que rigen la semiótica. Acciones como el sombrero de Jauja, regalo que rechazó en la pasada campaña, el pan con chicharrón que no comió, o el desplante que le hizo a Mercedes Aráoz configuran señales sensibles de cara al electorado.

Por ello, ahora intenta calar en el imaginario de la población con la imagen de un provinciano emergente y que salió adelante en la capital. Es común que los estereotipos sean aprovechados por los candidatos: este es el tiempo en que proliferan las raíces humildes, del chullo en la cabeza, de los ponchos coloridos ceñidos en pleno verano. El periodo en el que se cambian las coronas por sombreros de paja o penachos coloridos, el tiempo en el que triunfan el arpa y el huayno sobre Mozart o Vivaldi.

A esto se refiere Kjerstin Johnson cuando escribió que los imitadores no experimentan la opresión del ambiente al cual ingresan, por lo que su postura solo se convierte en un mero juego temporal, en base a lo exótico. sin vivir la discriminación que sufre la otra cultura a diario.

Entonces, ¿es posible creer que Barnechea encarne al peruano de a pie? La respuesta la tuvimos el pasado 3 de noviembre. Cuando Beto Ortiz le preguntó si sabía cuál era el salario mínimo vital, a lo que Barnechea respondió 750 soles, cuando en realidad  es 930.

Lejos de aceptar su error, Barnechea intentó cubrir su desconocimiento del tema aduciendo que la pregunta de Ortiz estaba equivocada, pues en la práctica esto no se da y, como colofón de este entremés, tomó el camino de la tangente. Al señalar que estaba haciendo un estudio sobre a cuánto asciende la deuda de las familias peruanas hacia los bancos.

¡Ole, torero!

Cualquiera con dos dedos de frente, encontrará en Barnechea no solo a un personaje desconectado totalmente de la población y sus problemas. También la definición actual de la crisis política que atraviesa el Perú: buenas intenciones, pero ningún hecho que los sustente. Pero este es el discurso que gusta a la gente, cada cinco años vuelven los mismos mensajes y promesas que arrancan abrazos, besos, defensas férreas y portátiles que recorren las principales calles del país.

El discurso de Barnechea, leído entre líneas, responde al clásico peruano que observa el país desde las nubes. Aquel al que no le salpican los problemas, pero que hace de estos una ficción. Claro, con ellos de protagonistas. No bastan las buenas intenciones para gobernar, ni el ideal del pasado. Un nuevo pacto social, la refundación de la patria,  ese quizá el discurso al cual se debe apuntar.

Sin embargo, muchos tartamudean al pronunciar estas palabras.

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