Criollismo, la búsqueda de una identidad

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Como toda historia legendaria, no se sabe cómo ni cuándo llegó al Perú, y más precisamente a Lima, la zarzuela, género español que comenzó a adoptarse en la escena citadina a mediados del siglo XIX. Tampoco queda claro si primero fue la jota aragonesa o el vals vienés, el que se adecuó a estas tierras con letras distintas y compás acelerado. Sin embargo, de lo que sí tenemos registro documentado es como el cajón y el ritmo de los esclavos afrodescendientes enriquecieron al vals originando así, esta travesía cultural llamada criollismo.

Pero para que toda música exista se necesita de quien la cree y la interprete. Así, Felipe Pinglo, se inspiró en el Barrios Altos de inicios del siglo XX para componer canciones que retrataban poéticamente la vida de una Lima barrial y de callejón. Años antes, el escritor Abelardo Gamarra bautizó como marinera al baile nacional en honor a la gesta de Miguel Grau. El criollismo poco a poco ganó popularidad y ya para los años cincuenta agrupaciones como Los Morochucos y Los Embajadores Criollos lograron la aceptación y masificación del género en todas las clases sociales. La historia posterior de artistas como Lucha Reyes, Chabuca Granda o Zambo Cavero ya es de más conocida.

En la actualidad es innegable que la popularidad del criollismo ha disminuido significativamente y más de uno se ha llegado a preguntar si este ha muerto. Para responder ello habría que dejar primero cualquier chauvinismo intransigente y ampliar nuestra visión. Lo autóctono no es, ni debe ser, sinónimo de excelencia; sino más bien, es un componente de esta.

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Es decir, no porque algo sea peruano debe merecer la automática alabanza y exaltación. Solo aquel estilo musical que engrane lo mejor de una esencia popular, originaria junto al desarrollo de cualidades estéticas, que lo hagan bello, profundo y con sentido, podrá tener futuro y grandeza. Si la ranchera no se hubiese perfeccionado con trompetas y arreglos modernos difícilmente las serenatas se hubieran adoptado en todo el continente. De igual manera, si Julio de Caro y Carlos Gardel no exploraban sonidos y matices nuevos, jamás hubieran logrado ese estilo sublime que dio resultado a la magia del tango-canción obteniendo fama mundial.

Es necesario, pues, que la música criolla, o el conjunto de géneros que derivan de ella, se renueven, se complejicen, desarrollen y se eleven a horizontes que la modernidad y la estética puedan explorar. Ejemplos de alta calidad logrados en la composición criolla son “Ocarinas”, “Se acabó y punto”, “Chacombo” o “Cuando llora mi guitarra”. El potencial de nuestra música nacional es indudable pero su continuación, popularidad o porque no internacionalización ya depende de quienes puedan hallar en ella un motivo por el cual seguir afianzando la eterna búsqueda de identidad y perfección musical.

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