Cuento: «El trapo» de Rubén Rodríguez

Rodillas sucias, pantalón corto, y en una mano el boleto prometedor. A pasos de la entrada, un turco con bigote ofrecía a gritos, manzanitas, pochoclos, pirulines, junto a un carrito saturado de tentaciones. La calesita de mi barrio, funcionaba por las tardes en la esquina de ”La Pastería”, en un terreno vacío pegadito al galpón donde vendían forrajes.   Cuando la instalaron, cercaron ese  baldío con alambres de rombos, como el de los gallineros.  Había en el lugar un olor inimitable; mezcla de alfalfa de maíz y avena.   Le servía de techo, una lona gastada  de color incierto por lo sucia, con forma parecida a la de un circo.  Las tablas del piso lisas y crujientes soportaban aún resecas, el  paso de los años.

Una batería grande de camión, alimentaba la luz de dos lamparitas titilantes.  Atado con arneses y cadenas, hacía girar el aparato un matungo viejo al que vendaban los ojos con un trapo, para evitar que lo asustase el griterío de los pibes. Era todo blanco, es decir tordillo como lo llaman los que saben de caballos. Las crines largas y amarillentas por el tiempo, le caían enredadas con descuido a un lado  del pescuezo.  Tenía pelos  tan largos debajo de sus patas, que barrían el piso cuando caminaba.

No supe su nombre, o no lo recuerdo ahora que lo evoco mojado de sudor.    Quise mucho a ese pingo; pensaba en él adivinando su cansancio. Contra la pared sin revoque de la forrajearía, había dos largos bancos de tablas sin pintar que usaban los adultos en la espera.    Ubicado allí, me embelesaba muchas veces con el andar cansino del tordillo; mientras el calesitero subido a una escalerita, se empecinaba en dibujar el aire agitando la sortija.      

Un tocadiscos con la púa gastada, raspaba canciones infantiles: “Cri, cri, cri, cri, cantaba el grillito Luis” …  Casi al finalizar el tema, el matungo recibía en el hocico un golpe seco con el mango del rebenque.   Inconfundible señal aplicada por su dueño que lo hacía detenerse; dolorido, la cabeza colgando pesada de resignación. Entre vuelta y vuelta me le acercaba por delante, y aunque no me viese lo acariciaba tan alto como me daban los brazos. Lo que anhelaba en verdad, era arrancarle la venda para mirarlo a los ojos.

Rodríguez Rubén Ernesto (07/01/1949), Lomas de Zamora Buenos Aires Argentina.
Lic. Adm. de Empresas (UBA); Martillero y Corredor Público Nacional (ULZ), Coach Ontológico Emocional y Organizacional (UBA) Horse asisted Coaching (NCI TEXAS) Especialista en Aprendizajes y Psicoterapias asistidas con caballos (FUNDACION DASEIN) Especialista PNL. Actor (12 años), Cuenta cuentista verbal, Escritor independiente de LIJ. Apasionado por la naturaleza y las artes en general. Entusiasta de la Literatura, Psicología, Filosofía, Fotografía, Agricultura. Practico muchos hobbies. Estudiante incansable.

                                                                                                   

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