Educación telemática y aulas vacías

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Educación telemática y aulas vacías

La mayoría de vosotros ya sabéis a estas alturas cuánto me gusta la naturaleza. Supongo que todos pasamos por momentos de bajón, como cuando lo ves todo negro y piensas en situaciones de esta guisa: “imagínate que llega el día en que te sientas incapacitado para salir al campo, no puedas subir a lo alto de un cerro…” Ya sé que ese día me llegará tarde o temprano. Dejadme que me ponga un poco más trágico (la época acompaña): de repente, qué se yo, una enfermedad o un accidente me impide disfrutar del placer inspirador de una larga caminata. Podría ocurrir, entonces, que algún amigo o conocido intentara consolarme diciéndome: “¡No te preocupes, Antonio! Te voy a enviar los mejores documentales sobre naturaleza y medioambiente que hayas visto en tu vida.” Intentaría así levantarme el ánimo y, en realidad, lo que conseguiría es hacerme sentir aún más incómodo. Prefiero dar un paseo por las escombreras de mi pueblo a ver desde el sofá el mejor documental sobre el paraje más asombroso del mundo. Bueno, pues así me siento. Así de incómodo me siento cuando leo titulares del tipo: “La educación telemática ha venido para quedarse” o similares.

En un aula presencial hay olor, hay sabor, calor, sentimientos… Todo lo necesario para hacerte una persona de verdad. Pero es un malestar que a veces me parece estar sufriendo en silencio y en solitario. ¿Por qué nadie se revuelve, teniendo en cuenta que hay miles de profesores en este país?… Comprendo que la pandemia nos ha empujado a esta situación tan indeseable. Pero, ¿de verdad se avecina un futuro así? ¿En esto consiste la tan cacareada “nueva normalidad” para la docencia? ¿Qué tipo de profesores, docentes, maestros pueden sentirse mínimamente cómodos en este mundo digital en el que puedes camuflarte tras una pantalla? Solo me cabe en la cabeza que sea alguien con poca o ninguna vocación, que ya se sentía incómodo en las clases presenciales frente a sus alumnos en la época de a. de C. (Antes del coronavirus). Si esta es la revolución, la modernidad, una especie de “rejuvenecimiento” o “puesta al día” del sistema, heme aquí ante la tesitura de tener que reconocer —¿quién me lo iba a decir?— que yo soy, al menos en lo que concierne a la docencia, un conservador a ultranza. Serán cosas de la edad.

Una buena plataforma virtual será siempre bienvenida. Creo fervientemente en el uso, como complemento educativo, de la tecnología digital. De hecho la usamos a diario en nuestra academia. Pero por muy buena que sea jamás podrá sustituir la presencia de un maestro, sin el cual dudo mucho que se pueda alcanzar el éxito académico, al menos en primaria y secundaria. En el aula todos aprendemos de todos, niños, adolescentes, docentes… Aunque sea a lidiar con ese profesor que “me tiene manía”, o que solo inspira resentimiento, aburrimiento o deserción de las escuelas. Aprendemos a gestionar nuestra actitud y plantar cara a ese compañero “difícil”, a identificar una mirada “diferente” que hoy me ha dedicado él o ella. En un aula presencial hay olor, hay sabor, calor, sentimientos… Todo lo necesario para hacerte una persona de verdad, lo cual es mucho más importante que llegar a ser médico, arquitecto, cocinero (ahora se dice Chef) o vaya usted a saber qué. Puede que hasta te dé por hacerte profesor, pero un profesor-persona, una persona con criterio propio. Una parte esencial e insustituible del aula.

En un aula presencial hay olor, hay sabor, calor, sentimientos… Todo lo necesario para hacerte una persona de verdad. Pero es un malestar que a veces me parece estar sufriendo en silencio y en solitario. ¿Por qué nadie se revuelve, teniendo en cuenta que hay miles de profesores en este país?… Comprendo que la pandemia nos ha empujado a esta situación tan indeseable. Pero, ¿de verdad se avecina un futuro así? ¿En esto consiste la tan cacareada “nueva normalidad” para la docencia? ¿Qué tipo de profesores, docentes, maestros pueden sentirse mínimamente cómodos en este mundo digital en el que puedes camuflarte tras una pantalla? Solo me cabe en la cabeza que sea alguien con poca o ninguna vocación, que ya se sentía incómodo en las clases presenciales frente a sus alumnos en la época de a. de C. (Antes del coronavirus). Si esta es la revolución, la modernidad, una especie de “rejuvenecimiento” o “puesta al día” del sistema, heme aquí ante la tesitura de tener que reconocer —¿quién me lo iba a decir? — que yo soy, al menos en lo que concierne a la docencia, un conservador a ultranza. Serán cosas de la edad.

Una buena plataforma virtual será siempre bienvenida. Creo fervientemente en el uso, como complemento educativo, de la tecnología digital. De hecho, la usamos a diario en nuestra academia. Pero por muy buena que sea jamás podrá sustituir la presencia de un maestro, sin el cual dudo mucho que se pueda alcanzar el éxito académico, al menos en primaria y secundaria. En el aula todos aprendemos de todos, niños, adolescentes, docentes… Aunque sea a lidiar con ese profesor que “me tiene manía”, o que solo inspira resentimiento, aburrimiento o deserción de las escuelas. Aprendemos a gestionar nuestra actitud y plantar cara a ese compañero “difícil”, a identificar una mirada “diferente” que hoy me ha dedicado él o ella. En un aula presencial hay olor, hay sabor, calor, sentimientos… Todo lo necesario para hacerte una persona de verdad, lo cual es mucho más importante que llegar a ser médico, arquitecto, cocinero (ahora se dice Chef) o vaya usted a saber qué. Puede que hasta te dé por hacerte profesor, pero un profesor-persona, una persona con criterio propio. Una parte esencial e insustituible del aula.

Escribe Antonio Carmona Márquez

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Sobre Alvaro Sinarahua 26 artículos
Escritor, comunicador y visitador de teatros.

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