El oficio del verdadero policía: notas sobre la obra de Rodolfo Walsh

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En paráfrasis a la caótica y experimental novela Los sinsabores del verdadero policía, del escritor chileno Roberto Bolaño, cabe revisar nuevamente los roles implícitos dentro del género policial, entendido como un juego que se aleja cada vez más del argumento, para recaer de lleno en el lector.

Pese a las múltiples posibilidades que ofrece, muchos críticos, lectores e incluso escritores consideran a las obras policiales (y a la novela negra), como un género menor; tal vez sea por la cantidad de obras malas que han surgido en los últimos tiempos, disfrazadas de novelas de “suspenso”, tal como refiere el escritor cubano Leonardo Padura. En ese sentido, debemos volver a la semilla: ¿qué significa hacer literatura policial?

La publicación de la novela Los detectives salvajes (1998) trajo como consecuencia la reinvención del rol del “detective” (o policía). Bolaño trasladó el oficio policiaco hacia el lector, quien se verá obligado a descifrar las claves dispersas en el relato. De este modo, inicia una dinámica sólida, a partir del lector involucrado y responsable de la develación del misterio que se le presenta. Por tanto, el quehacer del policía ya no es exclusivo del protagonista.

En el caso del escritor argentino Rodolfo Walsh  (Argentina, 1927-1957) el germen de la novela policial radica precisamente en el protagonismo del lector, canon adoptado por Bolaño, Padura, entre otros. Introducirse en la literatura de Walsh es coger lupa, pipa y chaquetón, pues cada cuento es un caso particular, lleno de pistas y callejones sin salida (en apariencia).

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En la mayoría de relatos, Daniel Hernández, detective y alter ego del escritor, funge de guía hacia la resolución del misterio, pero, como el mismo Walsh advierte, es muy probable que el lector resuelva el caso mucho antes de llegar al final. Dos son las colecciones de cuentos que cimientan las bases de su literatura: Variaciones en rojo (1953) y Cuentos para tahúres (1962).

El primer libro está compuesto por seis cuentos, narrados en tercera persona y protagonizados por Daniel Hernández. El planteamiento de estos relatos (que en sí son casos muy bien documentados) recoge el aire clásico del juego detectivesco, tomando como referencia los misterios de Sherlock Holmes.

A simple vista, la composición ofrecida por Walsh puede ser catalogada como básica, en cuanto a la construcción de un cuento policial. Por ello, es que aterrizaremos  en el cuento “Simbiosis”, el cual forma parte de Cuentos para tahúres,  en el cual encontramos, a parte del quehacer detectivesco, una pequeña dosis de fantasía.

Por algo, Rodolfo Walsh es considerado como precursor del llamado “cuento extraño”, en donde encontramos a  autores de la talla de Mario Levrero, Silvina Ocampo, Bioy Casares y otros tantos. En Simbiosis, el comisario Laurenzi conversa con un escritor (que se presume es Walsh) y le cuenta una anécdota relacionada a la muerte de un profeta, al que llaman “El manosanta”.

Laurenzi menciona que este anciano fue asesinado por el diablo y que muchos pobladores del lugar daban cuenta de ello: era una sombra espantosa y tenía dos cabezas.A medida que avanza el relato, el lector encontrará pistas insertas entre líneas. La más importante es aquella en la que Laurenzi menciona que “un hombre que husmea en cosas turbias, asiste al nacimiento de algo que es un monstruo”.

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Y en una segunda pista, Walsh menciona que ese monstruo “… puede ser una idea, un sentimiento, un determinado acto que es de por sí aberrante. Puede ser todo al mismo tiempo”. Un lector avispado encontrará divertida esta amalgama, puesto que ingresa a una cacería netamente simbólica: el monstruo como idea y no como algo material.

El manosanta es asesinado por un tullido y un ciego, quienes al oírlo decir que su sangre podía curar sus males, siguen lo dicho al pie de la letra y lo degollan. Las dos cabezas que observan los testigos en la oscuridad fue la “simbiosis” física entre el tullido, que fungió de ojos para el ciego, y del ciego, que cargó al tullido, para servirle de piernas.

La propuesta de Walsh es, en suma, una simbiosis entre el oficio policial y el quehacer literario. El segundo sostiene al primero, y es el lector quien, finalmente, vislumbra lo que esconden estas dos variables.

Por ello, la literatura policial no se limita a la sangre y los ambientes sórdidos. Es convertir al lector en un personaje más y adentrarlo en el misterio, construido en base a las múltiples posibilidades que ofrece el oficio literario.

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