Érase una vez en New York: el nacimiento del hip hop, disco y el punk

Los ingleses de la BBC Four se mandaron otra vez —como ya nos tienen acostumbrados— con un maravilloso documental sobre la música popular, esta vez hecha en una de las ciudades cosmopolitas por excelencia: New York.

Siempre se ha dicho que a New York la amas o la odias. Es decir, triunfas en ella o te destruye y frustras. También se ha dicho que para alcanzar el éxito debes “comerte” a la Gran Manzana, de lo contrario no lo conseguirás. Sin embargo, New York no siempre fue glamurosa, tuvo su época oscura llena de lúmpenes, donde tenías que ser realmente duro para sobrevivir. En su momento, vivir en el Downtown, a la sombra de los rascacielos, podía ser difícil.

Y fue precisamente en dicho contexto, donde surgió una gran variedad de expresiones artísticas de vanguardia nunca antes vistas y su epicentro fue New York. Arte, literatura, moda y música fueron algunas de aquellas expresiones. El hip hop, la música disco y el punk dejarían su huella para toda la eternidad en la ciudad que nunca duerme.

Para vivir en New York debías tener la piel dura

Vivir en New York en los años 70 era duro, la criminalidad se había disparado, encontrabas a todo tipo de drogadictos y frikies en sus calles. Incluso, el presidente de los Estados Unidos llegó a pedir que “muriera la ciudad”. Así de jodidos estaban.

El mítico Richard Hell aseguró que “en la esquina del Bowery había siempre un enjambre de niños de entre 11 y 12 años que estaban ahí porque eran los punteros de los compradores de heroína”.

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Pero también se suele decir que en momentos de crisis surgen las oportunidades. Por ejemplo, los alquileres de pisos en New York eran muy baratos, aún más si eras un artista.

John Cale, exmiembro de Velvet Underground, señaló que “en ese momento, había cosas llamadas AIR. Para obtener un alquiler cómodo debías ir al Ayuntamiento, mostrarles una pintura y decir que eras artista. Luego te daban tu dirección con una placa que decía: artista en residencia”

Se suele decir que el residente más ilustre fue el artista Andy Warhol, quien en su momento patrocinó y produjo el primer disco de la banda The Velvet Underground, a quienes incluyó en diversas exposiciones de arte vanguardista. Luego terminarían odiándose con igual intensidad pero esa ya es otra historia.

Este documental es una suerte de fresco sobre el surgimiento de la música disco, el punk y el hip hop en New York. Lo valioso de esta producción es el testimonio de los protagonistas de la historia, así como de otros personajes que estuvieron ahí, en el lugar y momento adecuado, pero que usualmente han pasado desapercibidos.

Además, cuenta con un amplio material archivo nunca antes visto, el cual nos sirve para graficarnos y ubicarnos en el New York de la época. Aquella ciudad donde según una ley, dos personas del mismo sexo no podían bailar juntas. Lo cual devino en las primeras protestas de las minorías sexuales.

Así es, la gran manzana ya estaba podrida en aquel entonces.

El DJ, Nicky Siano explica detalladamente la primera revuelta gay en la ciudad, debido a que la policía entró a un club para reprimir a los gays que esta vez no se amilanaron y terminaron provocando una revuelta que duró todo el fin de semana! Provocando que el alcalde cambie la ley, fomentando de esa manera la apertura de locales dance gays.

 Lo cierto es —y muchas veces se ha tratado de ocultar— que la música y cultura disco nació gracias a las protestas de la comunidad gay.

Los New York Dolls, grupo de protopunk, nos cuenta su historia y de cómo la prensa televisiva los catalogó como un mix entre Rolling Stones y Alice Cooper, tras verlos sobre el escenario del histórico Max’s Kansas City.

David Johansen aseguró que “no nos preocupaban las modas predominantes en la música popular. Había tantas bandas mediocres que vendían muchos discos y llenaban grandes teatros. No significaba nada para nosotros, porque no pensábamos que era rock n roll”.

Chris Stein, integrante de Blondie, sostuvo que los New York Dolls fracasaron en Estados Unidos porque “la gente estaba horrorizada con la portada de su primer álbum, nadie estaba preparado para ver a hombres maquillados. Esto fue mucho antes de Whitesnake y toda esa jodida mierda”.

Y como se esta hablando de New York, era imposible pasar por alto la importancia que tuvo el local CBGB para exponer proyectos como Television, Patti Smith, Ramones, Dead Boys, Blondie, Talking Heads, entre otros.

Otro local al que se hace mención es al Studio 54, el espacio más glamuroso de la música disco y donde podías toparte con Bianca Jagger, Truman Capote o David Bowie. Un lugar donde la verdadera acción estaba en el balcón, ya que ahí la gente se drogaba y tenía sexo. Por ello, en solo 6 meses Studio 54 se ganó la reputación de ser el “Sodoma y Gomorra” del centro.

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La última parte del documental narra la historia del Bronx y el contexto que lleva a dicha zona a ser un punto clave para el movimiento hip hop, un lugar donde reinaba la atmósfera de la anarquía. Pero fueron los jóvenes del sur del Bronx que empleando la autogestión dieron a una expresión cultural que perdura hasta el día de hoy.

El DJ Kool Herc explica cómo y por qué surge todo, que fue en realidad como una respuesta por parte de la comunidad negra ante las pocas posibilidades que le ofrecían sus autoridades, las mismas que de manera implícita les decían que no podían ser más que negros de los ghettos.

El histórico Afrika Bambaataa narra su experiencia como una suerte de mediador para calmar las peleas y promover la unidad entre pandillas callejeras, todo esto mediante la música.

Nueva York es en la actualidad una ciudad totalmente diferente a la que era en los 70s, eso es un hecho, pero aún se pueden encontrar algunos vestigios de esas épocas locas. Tanto así que si llegan a viajar pueden tomar la “ruta punk de New York”, donde recorrerán lugares icónicos antes mencionados.

Una muy buena producción como a las que ya nos tiene acostumbrados los ingleses, y que sirve como el testimonio de la etapa más creativa que ha tenido New York en toda su historia. Los 59 minutos de duración pasan volando y sinceramente quedan cortos, pero es lo mejor que se ha hecho hasta el momento. Cada maldito minuto vale la pena. No se desperdicia nada.   

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