John Lennon y la muerte como ilusión

Cuando el ocho de diciembre de 1980 llegaba sin pulso ni respiración John Winston Lennon al St. Luke’s-Roosevelt Hospital para ser declarado por el doctor Stephan Lynn como oficialmente muerto, el mundo de entonces vería un fenómeno que se profundizará en los años siguientes por los medios de comunicación. La exaltación del ser.

La exaltación del ser

El que lo asesinó declaró que lo hizo porque anhelaba la gloria que Lennon tenía. Millones de personas salieron a rezar por el alma del fallecido. En el Central Park, se juntaron 225 mil personas que lagrimeaban sin cesar. En Liverpool, otros 30 mil seguidores vociferaban su nombre y cantaban desgarradamente sus composiciones.

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Los medios internacionales registraron muestras de dolor en rincones tan lejanos como pobres y hasta dos fanáticos se suicidaron al no resistir la depresión. Pero ¿realmente fue Lennon un ser tan sublime, exitoso y perfecto como los medios lo retrataron luego de su muerte?

No hay muerto malo

Los humanos intentamos poner un velo a la realidad cubriendo solo una parte de lo que fuimos. Cuando nos llega la muerte se hace inevitable que nos pinten el rostro más amable, más bello y encantador. Pasó hace días con Maradona —no hay muerto malo ni novia fea— y seguirá pasando con cada ser que deje una huella en la historia. Y es que se nos vende la muerte como una ilusión para tapar la verdad, lo que fuimos y lo que no fuimos, al punto de tergiversar y mostrarnos una fachada ridícula. Por eso, es necesario que describamos a las personas (estrellas de rock, futbolistas, actores y demás) como realmente son: humanos de carne y hueso con todas sus porquerías y bondades, falencias y talentos. Debemos quizás, para lograr ello, terminar con los prejuicios y clichés que durante años han caracterizado a nuestra especie y entender a los seres en su real dimensión.

La real dimensión del ser

John Lennon puede ser catalogado como una muestra más de lo conflictivo y caótico que somos todos. Si bien, sus intentos por mantener una práctica y discurso sobre la paz y la solidaridad puede ser loable, nunca llegó a materializarse en su vida privada. ¿Que luchó contra eso? —como todos los que luchamos contra nuestros demonios internos— es cierto. Pero en el camino dejó personas heridas y atormentadas como su hijo Julian y su primera esposa Cynthia Powell que narran, en el libro John publicado hace algunos años, cómo era el martirio de vivir con Lennon a causa de su personalidad violenta. Y, aunque esa violencia nunca llegó a los golpes, los traumas psicológicos destruyeron a la familia y el hogar.

Los conflictos internos que toda persona sufre están marcados por las etapas de la vida: la pobreza inicial, las frustraciones dolorosas, el fracaso que hiere el alma y la vanidad en el éxito aleja a los seres queridos.

Que John Lennon así como otros cantantes, literatos, cineastas y demás, hayan hecho un valioso aporte al arte no significa que dejen de ser hombres y mujeres terrenales. Y que mucho menos, una vez ocurrida su muerte, se los personifique como la muestra más excelsa y amable. Ya es hora de buscar una interpretación real de lo que somos y de las personas a las cuales finalmente llegamos a admirar.

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