Joker: un año y seguimos riendo

En un artículo, el filósofo norteamericano, Noël Carrol, enumera una serie de elementos que motivan una genuina simpatía del espectador frente a Tony Soprano (el capo de la mafia por excelencia). En dicho escrito, se dice que, en cierto modo, la atracción hacia este personaje se genera debido a que representa aquello en lo que uno desearía convertirse.

Si hacemos una breve lista de los villanos que conocemos (aunque el término puede pecar de absolutista, ya que en ficción los personajes no son del todo buenos o malos). Elegiremos a aquellos que han despertado precisamente esa “simpatía” Carroliana: aunque no somos idénticos a los antagonistas, nos atrae su filosofía, la forma en que actúan, nos enoja lo mismo que a ellos, pero nos horroriza lo que a estos personajes les causa placer. Esto último configura, en palabras de Carrol, el límite entre la ficción y la realidad.

El Joker

En tal sentido, la versión del Joker del director Todd Phillips se enmarca dentro de esta correspondencia entre espectador y villano. Por otro lado, hay quienes acuden de nuevo a la cinta, para renovar sus votos frente a lo que, a un año de su estreno en la salas de cine, se ha extendido como un credo entre los fanáticos de los cómics: el actor Joaquín Phoenix nació para ser el Joker.

Y es que más allá de la icónica risa, la caminata deshuesada, el maquillaje o el traje granate, el personaje conectó con el espectador debido a esa extraña identificación con los sentimientos del protagonista. Con ello, no pretendo relegar la increíble interpretación de Phoenix, de hecho, es el ingrediente clave que, sumado a cuestiones narrativas y condiciones cinematográficas (presentes en toda película que intente hacer justicia al séptimo arte) completa la fórmula de su éxito.

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Uno de los elementos que potenció esa relación tóxica entre Arthur Fleck y el público fue la simpatía del primero, la cual terminó siendo una metáfora de la vida misma. La primera escena, en la que un grupo de chiquillos golpea a Fleck sin misericordia, seguro hizo pensar a más de uno respecto a que la vida no siempre es justa y, en el momento menos pensado, puede propinar puntapiés, puñetes, cabezazos o cualquier tipo de impacto que genere dolor; Arthur es el centro de una sociedad que vive de espaldas hacia él, capaz de azotarlo contra el suelo a vista y paciencia de individuos carentes de alma, para quienes la risa es un gesto desconocido (recordemos la pregunta que le hace el detective a Fleck en el hospital: “eso de la risa, ¿es cuestión de payasos?”). Otro punto de quiebre en la cinta es que, si bien la historia transcurre en Ciudad Gótica, esto es apenas perceptible.

El Lado B

Cualquier lugar podría ser Gótica. En tiempos de pandemia, en los que el Coronavirus ha sacado el lado B de muchas sociedades, ¿cuántos Arthur Fleck pululan por las calles siendo invisibles? ¿Cuántas personas reciben los golpes de la miseria, el hambre o la injusticia social? Si bien el Joker es un personaje de las viñetas y, por tanto, soporta sobre sus hombros la leyenda de Batman y todo lo que eso conlleva, la película se aleja de ello (y por fortuna del tan recurrente fan service) para explorar ámbitos del personaje que conectan directamente con el plano real.

No es de extrañar, entonces, que la triste existencia de Fleck nos haya conmovido hasta la médula. Hasta cierto punto, podríamos justificar las motivaciones de Fleck, en su camino a convertirse en un villano: ya sea por la experiencia social que nos rodea o por nuestra natural reacción hacia la injusticia. En base a esto, inferimos que el discurso presente en la película podría renovarse, aún después de la coyuntura actual que nos envuelve, ya que la identificación con el personaje guarda una intrínseca relación con temas universales y en constante actualización.

La soledad, por ejemplo. La relación onírica que Arthur vive con Sophie Dumond (interpretada por Zazie Beetz) configura esa necesidad de compañía, de cariño, de amor y de consuelo, en un mundo de gente cada vez más sola. Si bien la realidad de Arthur se cae a pedazos, con una madre arrojada hacia la locura, un trabajo perdido y el rechazo total de la ciudad, Sophie es el puente hacia la cordura, aun cuando todo se trate de una alucinación, que terminará con un macabro I had a bad day, por parte de Arthur, frente a un televisor que emite estática y la sorpresa de Sophie, quien nunca tuvo nada que ver con él.

La crítica

En su momento, críticos y analistas de cine consideraron que Joker era una película cargada de un fuerte sentimiento político, el cual apelaba a la anarquía y el derrocamiento de todo sistema de dominación. Los mensajes implícitos en la película evidentemente reflejan una postura, lo que no significa que esto sea un elemento predominante. La corrupción creciente en Gótica, personificada en el corrupto empresario Thomas Wayne, la rebelión de los payasos, las protestas en las calles la noche en que Arthur es elevado como símbolo de la revolución, son las causas que devienen en el nacimiento del Joker en Gotham; por ello, el espectador asiste a una especie de parto en vivo y en directo, pues Arthur Fleck es la consecuencia de la desigualdad, del estallido social que busca imponerse sobre el sistema opresor (¿les suena a alguna de las protestas vistas en los últimos meses?).

En esto reconocemos lo planteado por Carrol, en cuanto a la identificación que sentimos por el villano. Deseamos hacer algo por él, nos da rabia el verlo maginado, golpeado, oprimido, la injusticia calcina nuestros corazones y es por eso que aun hoy nos atrae esta película: no es otro filme de superhéroes, sino la vida de cualquiera, contada a modo de mal chiste.

Característica

Finalmente, la risa, pues no hay Joker que no haya reído. Pero, vayamos un poco más allá de lo que ya conocemos. Sabemos que la expresión del Joker está basada en la sonrisa de Gwynplaine, protagonista de la novela de Víctor Hugo “El hombre que ríe”, quien quedó desfigurado y marcado con una sonrisa permanente en el rostro, a causa de una operación denominada Buca Fissa. Al igual que Gwynplaine, quien solo puede suprimir su sonrisa concentrando sus fuerzas en los músculos de la cara, lo que le provoca un gran dolor, Arthur Fleck es incapaz de mostrar sus sentimientos, los cuales quedan ocultos bajo la clásica sonrisa de payaso.

En muchos pasajes de la película, la risa de Fleck desencadena algunos hechos interesantes. Murray (interpretado por Robert de Niro), siente fascinación por la forma en como ríe Fleck, quien sucumbe ante el pánico escénico durante su presentación en el club Pogo (en mi opinión, esta escena puede arrancar una que otra lágrima). Los matones en el metro arremeten contra Arthur, ya que piensan que, por la forma en que se ríe, está burlándose de ellos y, entre carcajadas y golpes, un maltrecho Fleck intenta hacerse oír sin éxito. Y quizás recuerden el momento en que Arthur descubre que su madre Penny solo fue la mujer que lo secuestro y que es muy probable que su nombre ni siquiera sea Arthur. Las lágrimas caen, la decepción se apodera del rostro de Arthur, inmerso en el clímax de un mal día, pero es la risa, esa risa eterna la que se apodera de su rostro, porque debía ser feliz, feliz, tal cual se lo dijo su madre: naciste para dar felicidad a otros.

Ahora que los cines permanecen cerrados y que el futuro es incierto en cuanto a la industria, es un buen momento para encontrar renovadas lecturas en base a esta película. Por lo pronto, sabemos que una nueva película de Batman está en camino y que una posible secuela del Joker, con Phoenix por supuesto, se está cocinando entre bambalinas. Nos queda soportar las ansias de ver más del príncipe payaso y sonreír, sonreír, reír, carcajear y acordarnos que, en ocasiones, la risa es lo mejor medicina.

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