Lobos de mar: la locura de una ficción en agonía

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Lobos de mar: la locura de una ficción en agonía

1. INGRESO A LA “CAJA BOBA”

Es natural temer a lo desconocido, a la novedad que nos obliga abandonar la caverna en pos de las sombras que bailan frente a la lumbre. Esta alquimia en apariencia perfecta, entre el confort y el rechazo a lo extraño, es el insumo principal de las teleseries que acompañan a la audiencia nacional; quizá la triste máxima que resume los tiempos televisivos actuales suene como una sentencia: “al espectador hay que darle lo que le gusta”.

En ese sentido, un entrampamiento perpetuo aguarda a todo aquel que pretenda hacer de la ficción televisiva una pieza de arte. La creatividad no puede desplegarse a menos que responda a las necesidades del negocio y al gusto de las masas. Y es que en una sociedad entornillada a las articulaciones del más férreo conservadurismo, junto a una dosis de ligereza frente a la pantalla, difícilmente calarán propuestas que se atrevan a romper con los esquemas de la ficción peruana. Los valores, la familia, los amigos, el romance entre chica rica y chico pobre, clichés narrativos que provocan arcadas (la boda entre los protagonistas opacada por balaceras o la aparición de un hijo bastardo en los finales de temporadas), moralejas encajadas con calzador, monólogos de mucha letra y poco seso, son los paradigmas levantados en torno a la televisión local. Sin embargo, antes de Al fondo hay sitio, una década antes del estreno de Ven baila quinceañera, previo a la hegemonía de ,Michelle Alexender existió una serie llamada Lobos de Mar.

Esta erie, creada por Aldo Miyashiro y Jorge Carmona, vio la luz en el año 2006, periodo en el que el Perú se despercudía al fin del régimen fujimorista, recomponiendo las piezas de un sistema seccionado por la corrupción. Cabe mencionar  que muchas de las producciones de la primera década del 2000 enviaban sutiles referencias a las secuelas de la crisis noventera (Mil oficios hizo eco dela falta de trabajo y el recurseo), escociendo las heridas más profundas de ese Perú emergente (por ejemplo, el racismo de la recordada Que buena raza). Sin embargo, no es posible hablar de Lobos de Mar sin remitirnos a Misterio, miniserie antecesora que sentó las bases de un nuevo modo de contar historias.

2. ORÍGENES: EL SUBMUNDO COMO EJE CENTRAL

Misterio, cuyo protagonista fue el actor Pietro Sibille, narró la convulsa historia de un barrista de Universitario de Deportes quien, convertido en una especie de antihéroe enfundado en una camiseta, encarnó el “lado B” de una sociedad esquiva a los ojos del espectador: los conflictos de barrio, la delincuencia, las drogas, el sexo, la policía como señal de abuso y corrupción, las peleas entre barras, familias fragmentadas y sumidas en la pobreza, configuró a personajes de la periferia construyendo un microcosmo en las entrañas de los suburbios, donde los conceptos del bueno y malo formaron un híbrido escindido entre la ética, entendida como el bien individual, y el instinto de supervivencia. El escenario descolorido y provisto de conflictos constantes, marcó el límite entre dos mundos opuestos que se corresponden entre sí: los pitucos y los marginales (recordemos la frase que Misterio le lanza a su novia Claudia: en tu mundito de cuatro cojudos superficiales no tienen la más mínima idea de lo que es ser hincha. No gritan, no viven).

La serie fue bien receptada por el público, debido a la rápida identificación con los tópicos ofrecidos en la historia. Herman Broch, novelista y filósofo austriaco, menciona que toda obra debe reflejar una época de trascendencia, denominando este acto  como “la suma de fuerzas que enlazan una pieza de arte con el tiempo en curso”; Misterio fue el espejo en el que muchos espectadores contemplaron el reflejo de la nueva sociedad: violenta, plagada de segregaciones sociales, seguida del triunfo del ámbito popular sobre los estereotipos dominantes.

3. LOBOS DE MAR Y EL SALTO AL ABISMO

Dorian Espezúa, crítico literario puneño, señala que todo texto dialoga con sus textos antecesores, delineando una suerte de genealogía correspondiente entre sí. En base a ello, Misterio colocó el germen narrativo que desencadenaría la producción de Lobos de Mar, mientras la expectativa crecía en torno a la dupla creativa Miyashiro – Carmona, exigiendo una historia tan igual o superior a lo visto en el trabajo anterior. El horario de las nueve de la noche, reservado para las huestes de Magaly Medina por aquel entonces, recibió en las pantallas una historia extraña y alejada de las convenciones ficcionales: un consorcio empresarial desea convertir al puerto de Pucusuna en un balneario turístico, hecho que los pescadores y el pueblo rechazan de plano. En medio de este conflicto, un enigmático asesino discurre por las calles del puerto cometiendo crímenes atroces, lo que genera una histeria colectiva en la comunidad, en la que todos son vistos como sospechosos.

A simple vista, Lobos de Mar podría ser analizada como una suerte de serie detectivesca, al propio estilo de Gamboa (1984), referente de la ficción policiaca en el Perú, sin embargo, no es suficiente. De la historia se desprenden diversos caminos a seguir: la trama del asesino, como eje principal, en otro punto el conflicto entre la clase dominante y el pueblo y, en el estrato final, las motivaciones que gatillan las acciones dramáticas en cada nivel.  Una de las características principales de Lobos de Mar es la construcción de un escenario verosímil para los fines de la historia. Pucusana se transforma en la Comala de Rulfo o en la Villa Viciosa de Bolaño pues, a pesar de ser un lugar real, se envuelve en el aura fantástica del imaginario colectivo. Y es que cada personaje guarda un vínculo específico con el puerto: Minaya (Hayssen Percovich) e Iván (Juan Morón), son dos pescadores oriundos de Pucusana y dirigentes sociales de la comunidad; la Vieja (Haydee Cáceres) es la coordinadora de un comedor escolar y luchadora social, siendo la principal opositora del consorcio.  En segundo orden se encuentran los invasores, el consorcio de Lima, en oposición a los vínculos del pueblo. El empresario Leonardo Oviedo (Carlos Alcántara), recurre a una serie de artimañas para ejercer el dominio total sobre el puerto; Ramos (Andrés Salas), el torpe y misterioso asistente de Leonardo, es una extensión de las motivaciones del empresario en cuanto a su objetivo; mención aparte merece el personaje de Mariana (Jimena Lindo), novia de Leonardo, quien busca encajar en Pucusana, al sentirse desconectada de Lima y de su propia vida.

El asesinato de Estela es el punto de partida del aspecto policiaco de la serie, los cuales son narrados desde la óptica de un detective tras el hallazgo de un cadáver; de este modo entra en escena el investigador: Tony Blades (Aldo Miyashiro), hijo de la Vieja y encargado de descifrar el rompecabezas que envuelve los crímenes en el pueblo. Lobos de Mar saca ventaja en cuanto a la concepción de Blades como antihéroe, puesto que se aleja del pacto moral convencional: Tony es un detective borracho, mujeriego y estafador, siendo su único interés sacar el mayor provecho con la captura del asesino. Este personaje encarna esa idiosincrasia basada en la “criollada”, el peruano vivo que sobrevive en base a argucias para sacarle la vuelta al sistema que lo margina; de igual modo, a Tony lo acompaña el pesimismo y el temor al fracaso, temas trabajados en extenso por Ribeyro, Niño de Guzmán, entre otros autores, pues a pesar de la fanfarria arrogada a su actitud narcisista y seductora, Tony Blades es el provinciano “limeñizado” cuyo regreso del exilio voluntario simboliza el encadenamiento a un pasado que envuelve las contradicciones de su entorno (una madre conservadora, un hermano homosexual y una novia cucufata). 

Por otro lado, el juego detectivesco, como enuncia Diego Trelles en su libro “Detectives perdidos en la ciudad Oscura”, ya no se basa solo en el rol predominante del detective que resuelve las pistas, sino que existe un involucramiento pleno del lector (el espectador en este caso), que trata de anexar las piezas para dar con la clave del misterio. Lobos de Mar mantiene ciertos pasajes que exigen un poco de esfuerzo por parte del espectador. Por ejemplo, Ramos, que luego revela ser el asesino de Pucusana, deja una serie de pistas a lo largo de la serie respecto a su verdadera identidad:

  • Cuando llama a Tony para contratarlo y en plena conversación
  • menciona “soy el ases…., sor del señor Oviedo”.
  •  Cada vez que ocurre un asesinato, Ramos entra a la casa de Leonardo o da una excusa por sus desapariciones 
  • En el punto culminante de la historia, Ramos da un giro inesperado a su personalidad, mostrándose más frío y calculador, sumado a su adicción por los videojuegos de guerra.
  • Durante una fiesta en el burdel de Mamá Flora, ella insinúa que Ramos es gay. Días después, Tony llega a la conclusión que el asesino es una mujer

Este intercambio de roles es una didáctica pocas veces usada en las ficciones nacionales. Tal vez por eso Miyashiro declaró en una entrevista que un producto de tal clase no volverá a ser desarrollado jamás en señal abierta, puesto que no armoniza con el perfil del televidente peruano, que prefiere seguir anclado a la comodidad del sofá.

En la otra cara de la moneda, la serie presenta una fuerte denuncia social sin caer en fabulismos y moralejas pesarosas. Si en Misterio se erigía el triunfo del submundo, en Lobos de Mar se narra entre líneas el choque de dos realidades. De saque, la historia genera fricciones entre los personajes:

Minaya: disculpe que no le extienda la mano señorita, pero estamos trabajando, huele a pescado, no queremos que malogre su perfume. Estela: a lo mejor teme que mi perfume lo haga sentir menos hombre.

Esto reto desenvaina las espadas en ambos bandos, más aún cuando a Minaya se le hace saber que las negociaciones entre el consorcio y las autoridades de Pucusana respecto al proyecto del consorcio están a punto de cerrarse, a lo que Estela responde que en este tipo de asuntos no siempre interviene el pueblo. La tensión entre ambas clases aumenta a través de los capítulos: el pueblo en pie de lucha, el juego sucio bajo la mesa por parte de Leonardo. Es importante tomar en cuenta  que el concepto de desarrollo es entendido como el bienestar basado en la economía, por tanto que se estima que, teniendo los bolsillos llenos para luego derrochar lo ganado, los pescadores accederán a los planes del consorcio.

Es en este momento en que Pucusana se configura como un pequeño Perú a orillas del mar, teniendo como influencia principal a la sociedad peruana de los noventa: un poder corruptor, la clase hegemónica, el pueblo y sus luchas, un sistema religioso, la tierra sin ley. Recordemos que las reminiscencias del régimen fujimorista fueron determinantes durante la década, por lo que Lobos de Mar hace eco de este pasado sin caer en el cliché aleccionador; por el contrario, la historia plasma los problemas que hasta hoy no encuentran solución en el horizonte: la corrupción al interior de los municipios, el despojo de territorios en las provincias, la criminalización de las protestas sociales (la toma de la Municipalidad de Pucusana a manos de Minaya, Iván y la Vieja, la cual es repelida por la policía), las empresas que depredan el país sin freno alguno, el racismo latente, en cuanto que la serie renueva el dilema sobre la palabra “cholo”. Y es que en el Perú todavía hay quien gusta de cholear y no ser choleado. 

4. LA LOCURA COMO DENOMINADOR COMÚN

Si hay un tema que atraviesa la serie de principio a fin es la escisión de los personajes. Lobos de Mar no solo presenta una historia rica en giros, argumento y juegos narrativos, sino que también basa su estructura en la psicología de los actantes, hecho que se retroalimenta con el avance sin tropiezos de la misma hacia la locura.

Cada personaje se sumerge en un conflicto individual, que de algún modo atañe al universo que comparten. Minaya, por ejemplo, es asediado por su alcoholismo y la destrucción de su hogar, sumado a que no puede tener hijos con su esposa. La necesidad de afecto y cariño lo llevan a tener episodios violentos y a sufrir de constantes alucinaciones (como Benjamín, el santo del pueblo, a quien solo ve cuando bebe). Iván, su mejor amigo, es la voz que intenta rescatarlo de esa lado oscuro en el que recae con frecuencia, sin embargo, el también necesita salvarse de ese vacío que esconde Pucusana. Su tabla de salvación es Mariana, que como ya mencionamos, se encuentra inmersa en la duda sobre a qué lugar pertenece. Es importante que nos detengamos en este punto, puesto que se desprende otro mérito de la serie en cuanto a los plots que genera. Iván y Mariana constituyen ese idilio prohibido recogido en diversas series y telenovelas —Pobre niña rica, Natacha, Los de arriba y los de abajo—, sin embargo, el tratamiento de este tópico en Lobos de Mar está lejos de ser un cuento de hadas. En principio porque, tanto Mariana como Iván, son seres quebrados, por lo que el sentimiento que profesan solo puede expresarse mediante el dolor. Hacen el amor, se emborrachan, discuten, sienten celos, él considerándose inferior y ella aferrada a su esencia limeña. Por fin, el romance se rompe, imponiéndose la contienda entre las clases a las cuales pertenecen. Iván decide huir de Pucusana y Mariana perdonar las infidelidades de Leonardo para no quedarse sola.

Unido a este tormento romántico, el conflicto en Ramos también sienta sus bases en el dolor, mediante un delirio freudiano, trasmutado en el parangón del hombre/padre como atracción sexual. Ramos mata por conseguir el amor de Leonardo, canalizando los horrores de su niñez en el daño que causa en otros; a ojos de este personaje, Leonardo es dividido en tres visiones: padre, maestro y objeto de deseo, motivaciones que desencadenan la locura sádica de Ramos. Su travestismo no es más que esa parte reprimida que pugna por ver la luz, una mezcla de inocencia y compensación de las ausencias. Junto con él, Leonardo y Tony sucumben al desquicio tras asesinarlo, producto de la venganza por la muerte de Mariana y la Vieja.

Pietro Sibille encarnó a Zacarías en la serie
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El clímax de la locura, sin embargo, está reservado para dos personajes trascendentales: Zacarías (Pietro Sibille) y Anguila (Emilram Cossío). Pero precisemos, ellos no están completamente locos. En palabras del teórico español Jesús G. Maestro, “la locura representa el uso patológico de la razón, pues nadie puede volverse loco a partir de un conjunto nulo de premisas o conocimientos”. Zacarías es conocido como el loco de Pucusana, un ser desconectado de la realidad y con dotes de pitoniso, que evoca constantemente a personajes de la literatura universal (su mascota, un pingüino, lleva por nombre Kafka).  Bajo la premisa de Maestro, es posible inferir que Zacarías guarda ciertos conocimientos literarios, incluso una vida previa a la pérdida de su razón (como se revela más adelante), por lo que su razonamiento particular responde al uso de una parte de la realidad para explicarse a sí mismo. También existe un uso autológico de su razón, en palabras de Maestro, pues intenta expandir su pensamiento hacia un receptor inmediato, en este caso Anguila, quien padece de retardo mental.

Anguila idealiza a Zacarías como una especie de guía y protector, ya que sin él le es imposible entender el mundo al que se enfrenta. La contraparte de esta guía paternal es su hermana Cuchillo (Norka Ramírez), quien a pesar de profesarle cariño fraternal, pretende mantenerlo escondido, al punto de no permitirle si quiera enamorarse de Charo (Liliana Mass), la amante de Leonardo. Esto marca otro punto en la construcción del esquema narrativo de Lobos de Mar: el miedo al otro, el concepto de lo feo en una sociedad necesitada de modelos e imitaciones.

Pese a ello, Zacarías cree en el amor y anima a su protegido a entregarse a tal sentimiento, a esa locura que es la pasión; y es que la estabilidad de Zacarías pende del amor que alguna vez sintió, por la esposa amada, por el hijo muerto. Es ese recuerdo el que, de algún modo, lo mantiene inserto en la realidad. La muerte de Anguila a manos del asesino, cierne sobre Zacarías ese derrotismo que se extiende no solo a su reducido mundo, sino que suma el número de personajes tocados por esa locura que envuelve a Pucusana. El sentido de pertenencia es un punto clave en el desarrollo de la personalidad de Zacarías: el peñasco donde pasa sus días, frente a la carcasa de un televisor, simboliza la felicidad y cordura de su mente atribulada. Allí recita a Neruda, baila un bolero junto a Anguila y aprecia el único espectáculo posible a través de esa caja vacía: en como los locos de Pucusana se acercan cada vez más al precipicio.

Cuando Zacarías es arrancado de aquel lugar por Clara, su esposa, su personalidad trastoca hacia la realidad de los locos, la de la normalidad. Cuando ella lo abandona, se producen las tres manifestaciones de la locura acuñadas por G. Maestro: la manifestación física, en cuanto que Zacarías ve asesinos en todas partes, incluso Iván llega a sentir lástima por él y manifiesta que la gente empieza a tenerle miedo por su comportamiento violento. Esto da pie a la segunda manifestación de la locura, la psicológica, donde no hay ningún atisbo de razón. En medio de un desierto, desnudo y desorientado, Zacarías corre hacia la nada, repitiendo un nombre inentendible. Este personaje termina siendo el reflejo de los demás actantes: cada uno terminará arrastrado hacia la locura de una manera distinta. Y es que Lobos de Mar es ese elogio de la locura silenciosa, un crisol de personalidades destinadas a vagar en un pueblo gris y desprovisto de la luz capitalina, cada quien purgando culpas y doblegando a sus propios fantasmas.

Lobos de Mar no solo intentó forjar un nuevo modo de contar historias, sino que apostó por la complejidad que el arte suele exigir en ocasiones. La batalla se perdió, la serie nunca más volvió a emitirse y con ello quedó bajo tierra una semilla podrida en el surco. Hoy en día se le tiene como serie de culto y es ahí donde radica su importancia: no ser entendida en su época significó el rompimiento de un paradigma, pues la novedad no siempre es comprendida en primera instancia ¿Qué hubiese pasado sí?, como diría el portugués José Peixoto. Tal vez no tendríamos Señores Papis acaparando los horarios estelares ni falsos guachimanes en la pantalla hueca. Por lo pronto, solo queda aguardar otra audacia narrativa, de esas que vienen con el paso de un cometa en el cielo.

 

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