Phillip Butters: agenda de un opinólogo

Hace poco leí una entrevista en la que el escritor mexicano Jorge Volpi asegura que el profesionalismo del periodista no radica en su capacidad de opinión sino en la investigación que realiza. En ese sentido, todo aquel que lance un comentario en los medios de comunicación, por muy descabellado o acertado que fuese, está generando una corriente de opinión pero no necesariamente ejerce el oficio periodístico.

En el Perú existen vastos ejemplos de personajes autoproclamados periodistas, por el simple hecho de hablar tras los micrófonos o frente a cámaras, con resultados funestos en la mayoría de casos. Sin embargo, la “labor” de Phillip Butters merece un trato diferente, pues en diversas ocasiones aseguró no ser periodista. En todo caso, su desempeño corresponde al de un “opinólogo” profesional.

Conocemos a la perfección sus comentarios y conflictos hepáticos, sus razonamientos intrincados en el puritanismo público —que bien podría ser el grito de un exhibicionismo reprimido—, sus poses de “bacancito”, criollazo y lenguaraz que refractan en la lente; peccata minuta frente a la mayor de sus culpas: la ignorancia. Y es que en un país que toma por intelectuales a Maki Miroquesada, Renato Cisneros o Federico Salazar, suena a mal chiste enarbolar las opiniones de Butters como símbolo del periodismo libre y democrático.

El último episodio protagonizado por Butters fue una patinada por demás graciosa. Según su criterio, el programa Aprendo en casa, iniciativa del Gobierno para impartir clases escolares a distancia durante la cuarentena, se encuentra politizado por quienes buscan sembrar el germen comunista en la infancia nacional; la evidencia mostrada por Butters fue la sesión del bloque de Comunicación y desarrollo social, en la que se habló respecto a la discriminación lingüística, mencionándose que “existen variedades de castellano que no coinciden con el de los grupos de poder”.  Lo primero que emanó de su juicio, cual dedo sobre la pústula, fue que esta es una de las tantas formas que tienen los comunistas de generar el resentimiento social en los niños, pues dicho planteamiento alienta la lucha de clases e inculca la idea de segregación clasista, además, el castellano es uno solo. Umberto Eco señala que, en cuanto a interpretación de textos — entendiendo que la sesión audiovisual es un texto, al ser un conjunto sígnico coherente, según postula Yuri Lotman —, muchas veces se corre el peligro de sobreinterpretarlos o subinterpretarlos. En el caso de Butters sucede lo segundo.

Phillip Butters mantiene un estrecho vínculo con el colectivo «Con mis hijos no te metas»

Es innegable que existe una sola lengua castellana, pero la variedad de esta es una realidad que no puede divorciarse del análisis. Es decir, la concepción de buen habla está ligado a un entorno donde el uso de la lengua se estandariza; entonces, si hablamos de las variedades del castellano, Lima sería el centro de esa variedad pues se asume, a veces de forma inconsciente, que el limeño habla de manera correcta. Si nos plegásemos a la verdad, nadie aceptaría como buen castellano el modo de hablar de un piurano o un ayacuchano o de una persona natural de Iquitos. Lima se erige como el centro de la cultura y el buen habla, el Perú es Lima y Lima es el Perú, por tanto, los elementos concurrentes a esta idea corresponden a la visión que se tiene desde las provincias sobre la capital: corrupción, poder, empresariado, riqueza, racismo, entre otros. Butters solo desglosó el mensaje hasta el punto de la “variedad” (dándole la acepción de diversidad), cuando en realidad se define a la variedad de castellanos como los modos de empleo de la lengua. Para entender este punto, él tendría que conocer, aunque fuese de forma somera, los conceptos de idiolecto, dialecto y sociolecto, pero no sería posible que lo hablase frente a cámaras sin que el espectador bostece, menos aún si no conoce estos postulados.

La discriminación de las clases dominantes es un espectáculo a todas luces visible junto a sus manifestaciones ¿Es de comunistas y rojos decir que gran parte de la sociedad limeña sigue siendo racista? ¿Los términos cholo, serrano, indígena y todo lo que eso conlleva, no están colocados en el imaginario limeño como insultos de la más baja estofa? Ahí tenemos a Clorinda Matto de Turner con su novela Aves sin nidoEnrique López Albújar con Matalaché  y el edificante relato del flaco Ribeyro La piel de un indio no cuesta caro, en los que se plasma este mal endémico de la nación, ¿sus obras sembraron resentimientos en los lectores? Es que a muchos les cuesta sacarse el corsé, como a Butters, a quien le cuesta aceptar que chupa de los mismos picos que la Confiep y el fujimorismo, entes vinculados a esa hegemonía en mención.

En palabras de Butters, expresiones populares como la música vernacular y la cumbia norteña no fueron imposiciones de la denominada cultura dominante, más cabe mencionar que fueron sustraídas por esta para darles otro matiz (recuerden la inauguración de los Juegos Panamericanos, el tema “Lloro por quererte” no hubiese tenido miles de reproducciones en las plataformas musicales de no ser por la pompa dada por quienes organizaron el certamen) La admiración por la cultura andina llega solo hasta el aplauso, pues no existe una concreta identificación con ella.

Más allá de la sobreinterpretación que Butters realiza sobre el tema de la lengua, es interesante observar el atrevimiento de su ignorancia. Decir que el programa Aprendo en Casa desafía la autoridad milenaria de la Real Academia Española, como guardián celoso del uso del idioma, es tan falso como su rótulo de periodista ¿No estamos frente a una flexibilización y simplificación del idioma, sin que esto suponga la destrucción de su esencia? En palabras del lingüista Gildo Valero, la función de la RAE viró en dirección a las realidades propias de cada espacio donde se emplee la lengua. Con esto se refrenda aquello que es el uso el que determina los destinos del idioma, dejando de lado la norma rígida de antaño. Por si fuera poco, Butters nos invita a tener como referentes del habla culta nada menos que a Martha Hildebrandt, ¡Martha Hildebrandt por Dios! ¡Heil Hildebrandt! Si, esa misma lingüista que calificaba de burros y animales a los que eran supuestos “incultos”, la misma congresista que echa siestas aposentada en la curul, ella quien, con una dosis de supina soberbia, renunció a la Comisión de Educación del Congreso solo porque su colega Hilaria Supa, cuya lengua materna es el Quechua, ocupó la presidencia del grupo de trabajo, atreviéndose a decir incluso que, si se tratase de una indígena graduada en Oxford, tendrían las credenciales suficientes. Hay que tomarlo como un risible desliz por parte de Butters.

Butters tuvo declaraciones racistas contra los jugadores de la Selección Ecuatoriana de Fútbol

El colofón de esto gira en torno al supuesto resentimiento que genera el programa educativo del Gobierno. Pues bien, si es de rojetes sembrar el odio y “envilecer a los niños”, la misión de Butters es embrutecer al pueblo con sus opiniones, cual circo romano levantando carpa en Lima. Méritos no le faltan: homofóbico, misógino, racista (recordemos aquello que dijo sobre los ecuatorianos y sus genes de monos), xenófobo y otros tantos que bien podría colgárselos como medallas en la solapa. Hay quienes siguen su línea a pie juntillas, elevándolo como un líder de opinión con endebles pies de barro. “Es que dice las cosas de frente”“él no se casa con nadie”“dice lo que la mayoría piensa” ¡Pero por supuesto! En una sociedad estancada en el charco del machismo y la desigualdad, cualquiera que revalorice los cimientos sobre los que se levanta puede influir en el resto. Lo triste es que, mientras la billetera de Butters no alimente a las polillas, podrán sacarlo de tal o cual canal, pero el olor de sus billetes terminará seduciendo a directivos y productores, recuperando su trono y el filtro naranja con el que atraviesa las pantallas cada mañana a la hora del desayuno.

 

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