Sobre los piuranos, la cerveza y los monstruos de la ansiedad

Por Carlos Cavero

Soy abstemio. Y no solo por elección propia, sino también porque el simple olor del alcohol me provoca náuseas. Sea cerveza, vino, ron o cualquier otra bebida alcohólica, si alguien va a destapar una botella, prefiero que lo haga lejos de mí. Recuerdo cuando un querido amigo -a propósito, ¿por qué tantos de mis mejores amigos serán borrachos?- destapó un anisado a menos de medio metro y por poco vomité la pizza que compartíamos. No obstante, gracias a las valiosas lecciones que las enfermedades crónicas e incurables nos hacen aprender a la fuerza, aprendí que todo aquel que sufre necesita de un anestésico.

En cierta ocasión conocí a la chica más linda del mundo. Bonita, generosa, brillante, estudiante número uno en su facultad, virtuosa para la música. Cantaba y pasaba de un instrumento a otro como un feliz políglota que habla en sueños. Nadie que viese a una jovencita tan llena de vida hubiese sospechado jamás el tremendo dolor que llevaba dentro. Y es que la depresión endógena actúa así. Democrática como el COVID-19 -pero sin una máscara que te permita protegerte de ella- la depresión crónica no distingue si eres atractivo, talentoso, adinerado, o si tienes una familia y unos amigos que te adoran. Igual te golpeará cuantas veces le dé la gana y terminará arrinconándote contra las cuerdas, llegando en muchas ocasiones a tumbarte al piso con un certero derechazo.

Lee también: Criollismo, la búsqueda de una identidad

Es por eso que los depresivos solemos desarrollar apegos enfermizos por diferentes tipos de anestésicos, desde los más sanos hasta algunos que ponen nuestras vidas en peligro. A mí, felizmente, solo se me da por la moto, la Coca Cola, las mandarinas y postear estupidez y media en Facebook. Eso me calma. A la chica de nuestra historia, sin embargo, solamente el alcohol logra anestesiarle el sufrimiento. Y de la misma forma en que los depresivos estamos hartos de que nos rebuznen genialidades como: “Pon de tu parte”, “Siéntete mejor” o “Ya deja de deprimirte”, a los alcohólicos no los ayudamos en nada con nuestra superioridad moral, aquella que suele inundarnos cuando nos encontramos frente a alguien que peca de forma distinta que nosotros.

Siempre pensemos: “Ok, yo no bebo alcohol, pero soy adicto al sexo”, “Ok, yo no fumo marihuana, pero trato pésimo a mi familia”, “Ok, yo no soy promiscuo, pero abandono a mis amigos cuando más me necesitan”. Quien esté libre de pecado, amigos y lectores míos, que tire la primera piedra.

Es por eso que combatir nuestra tendencia a juzgar es un proceso tan importante en la lucha por comprender al ser humano. Solo así podremos abrazar al otro y recibir, por consiguiente, sus abrazos.Realmente no sé qué pensar sobre aquellas largas colas por cerveza que vimos en el distrito de Castilla, Piura. Por un lado, la estupidez humana sale a relucir como un diamante y es, sin duda, factor decisivo en tal desesperación por embriagarse. Pero no es el único y ya bastante ira hemos descargado sobre ellos.

Lee también: The night, el colapso de una ciudad

Llegó el momento de superar la rabia e ir más allá. Los seres humanos no hemos sido formados en escuelas para manejar nuestras emociones, para conocernos a nosotros mismos ni mucho menos actuar en situaciones de emergencia mundial. Obviamente, no todos los que esperaban ansiosos en aquellas colas son alcohólicos. La gran mayoría de peruanos, sin ser adictos, recurre al alcohol para llenar vacíos, calmar la ansiedad o simplemente como un bastón social del cual sostenerse mientras se reúnen con amigos y familiares. Siempre he pensado que somos un país alcohólico y es una pena que el consumo de bebidas alcohólicas se halla generalizado al punto de que ya casi no exista forma alguna de socializar si no es con alcohol.

Pensaba en todo esto hace unos días cuando alguien me reclamaba, con aparente razón, por qué desperdiciaba mi poco dinero en Coca Cola. La respuesta es que la necesito. De la forma más irracional posible, siento que mis síntomas disminuyen cuando voy bebiendo aquella gaseosa que es -sí, sí, lo sé perfectamente- un concentrado de azúcar refinada, colorantes y ácido fosfórico que ningún bien le puede hacer a mi organismo. Pero no me importa, tal como los bebedores de alcohol cogen una botella y tampoco les importa, por más que luego vomiten, despierten con resaca y juren no volver a hacerlo jamás, solo para repetir el mismo acto irracional apenas llegue el siguiente sábado.

Por supuesto que me escandalizan las largas colas en plena pandemia para llevarse esas cajas de cerveza, aunque tampoco puedo dejar de solidarizarme con aquellos que, ante el dolor y la incertidumbre, recurren a lo único que les calma la mente.

0 comentarios en «Sobre los piuranos, la cerveza y los monstruos de la ansiedad»

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: