Stephen King: nadar desnudo (y una razón para “huir” de él)

Hace unos cuantos meses retomé la lectura de “El día de la independencia”, de Richard Ford, y esta vez (por fin) vencí.

Debo reconocer que al principio la prosa de Ford me resultaba agotadora, pesada. Lo que me llevó a dejar el libro, a pesar que muchos amigos, lectores también, tenían al protagonista Frank Bascombe en los altares de los míticos personajes de la literatura, a la altura del Chinaski de Bukowsky o el Coulfield de Salinger.

¿Cuál fue el problema con Ford? De saque, me irritó su estilo en cámara lenta, sumado a una avalancha de imágenes y descripciones que me sabían gratuitas e innecesarias. Sin embargo, al volver a ella, con algunos cuantos libros encima, yo que renegué de esa saturación ahora rogaba porque no acabase.

Fue una especie de deja vu: lo mismo me sucedió con Stephen King.

Rezagos literarios

No pretendo hacer teoría literaria, ya que encasillaría la perspectiva. Ello no significa que el estudio literario deba guardarse en el baúl de cachivaches. En efecto, hay que conocer las bases, siempre y cuando sirvan para el análisis  más no para el desprecio que muchos lectores, y por desgracia escritores también, supuran al referirse a las personas que leen determinadas obras. Hago la salvedad con quienes intentan hacer pasar por literatura cualquier escrito y se arrogan una considerable dosis de vanidad. Esos sí que lo merecen.

Para sumergirse en ese gran océano que es la obra de King, hay que nadar desnudo, con la ropa bien doblada en la orilla, esto es, libre de corsés y de prendas adquiridas en base a la experiencia, como lectores que somos.

Tal cual sucedió en el caso de Ford, abandoné una obra de King, un libro de cuentos llamado “Todo es eventual” (léanlo, por favor). Eran relatos demasiado extensos,  con abuso de la primera persona y descripciones al detalle. El punto que me causó mayor disgusto fue el lenguaje.

Ford, por lo menos, tenía algo de cuidado con las imágenes que describía, como el vistazo inicial al pueblo de Haddam: los olores, las costumbres del lugar, el clima, los pueblerinos y sus costumbres, descritos como en un documental, con las palabras necesarias y justas.

En el caso de King, consideré que el autor era demasiado goloso. Grandes porciones de palabras, acompañados de párrafos deslucidos y  extensos terminaban por nublar el quehacer de los personajes y la historia en sí. Yo venía de leer a autores como Rulfo, Saramago, Reynoso, García Márquez y otros tantos, estaba muy acostumbrado a leer literatura y no intentos de esta.

Por ejemplo, el primer cuento de Todo es eventual trata acerca de un hombre al cual le ha picado una serpiente (nada menos que una ficticia boomslang peruana, ya que esta especie habita en el África)  y que están a punto de practicarle la autopsia, pues lo creen muerto, cuando solo está catatónico.

Yo esperaba encontrar una prosa deliciosa, técnica, un cuento que me haga decir “¡demonios, qué genio!”,  literatura, mucha literatura. Supuse que habría una especie de tensión entre Howard, el protagonista, con los  forenses, pero todo pasaba por el recuerdo de la serpiente y traumas sexuales (el final es absurdo y genial).

Creí haber sido estafado ¿Maestro del terror? Bah. Ese libro terminó arrumado en mi estante. Después de un tiempo, lo tomé de nuevo, creo que busqué en este lo que un lector (o escritor) nunca debe hacer. El efecto fue todo lo contrario.

Hoja de vida

King es de los pocos escritores que prioriza la imaginación en su quehacer literario, esa chispa que enciende la magia de todo cuento o novela, que hoy en día es menospreciada. Mención aparte merece la sentencia a priori de que lo fantástico deviene en un género para principiantes. Literatura menor le llaman.

En las historias de Stephen King hay una condición que gatilla la expectativa del lector: es uno de los pocos escritores que utiliza el contrafáctico (¿qué hubiera pasado si…?) como insumo principal de sus creaciones. Desde un payaso creado por las fuerzas de un macrocosmos fuera de este mundo, hasta zombies creados a partir de pulsos electromagnéticos en los celulares, el universo de King parece ser infinito como el mismo espacio. 

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Por ejemplo, Carrie (1974) no hubiese existido si el autor no hubiese pensado en la telequinesia en manos de una estudiante víctima del bullyng. El Resplandor (1977) no hubiese sido concebido en la figura de Jack Torrance sin pasar primero por una especie de desdoblamiento pues, en palabras del mismo King, Jack era su alcoholismo proyectado en la historia.

El mundo de King, plagado de fantasmas y criaturas fantásticas, se formó a partir de las propias experiencias del autor. Misery (1987), tal vez sea el caso más saltante de ello. El personaje de Paul Sheldon, escritor que termina con las piernas rotas a causa de un accidente en su automóvil y secuestrado por la enigmática Annie Wilkes, resultó ser una metáfora del encierro que vivía King, tras años de sequía creativa.

Curiosamente, unos años después, King fue atropellado y estuvo a punto de perder una de sus piernas.

Una de las cualidades de su universo es la interconexión que existe entre sus diversas obras. Así, It (1986), que es el corpus de la obra de King, dispara al recordado payaso Pennywise más allá de la desesperante ciudad de Derry. Se le menciona en la novela Tommyknockers (1987), en El cazador de Sueños (2001) y en 22/11/63, a manera de referencias o situaciones que evocan los eventos ocurridos en Eso.

Por ello es que se dice que King puede entretener. Es divertido leerlo, buscar las referencias a los personajes de sus novelas, e incluso saber que siempre tendrá preparada una sorpresa para sus amados Lectores constantes (como llama él a su público). Sin embargo, la crítica señala que, a pesar del extenso repertorio de King, ninguna de sus obras llega a ser literatura.

Un consejo

La discusión en torno a la obra de King a despertado acérrimas defensas, así como voces que lo han encerrado, cual animal en zoológica, en la jaula de los best-sellers, es decir, los enemigos jurados de la literatura.

Pero si algo tiene King, que podría despertar la más vil de las envidias, es ese amor incondicional por escribir y vivir para ello. Recordemos al salvaje Roberto Bolaño (de quien King rescata su novela 2666), quien dejó su obra inconclusa y un sinfín de obras preparadas para las prensas editoriales. Estoy seguro que, si Roberto deseaba tener un poco más de tiempo, era para escribir.

En diversas entrevistas, King asegura dormir poco debido a la mente inquieta que posee, lo que a veces resulta en uno o dos libros escritor al año. No lo motiva la crítica, tampoco quienes lo llenan de elogios, en ese sentido es demasiado modesto: para él, que alguien pase un buen rato en el bus con un cuento suyo es suficiente pago.

Si lees a King, olvídate de todo lo que has hecho hasta el momento. Imagina, siente, juega como un niño y cree que los payasos dan miedo o que una nave puede estar enterrada bajo tierra, con un ejército de alienígenas en plena hibernación. Y una vez adentro, déjate llevar.

Una sola advertencia: a veces son historias muy muy largas.

Pero créanme, vale la pena el esfuerzo por terminarlas.

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