Una leyenda crema 107 años después

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Una leyenda crema 107 años después

José Fernández, otrora futbolista e hijo de Eduardo “Lolín” Fernández, suelta una frase que silencia los auriculares de nuestros teléfonos: Dios quiso que Lolo Fernández fuese crema. Son unos cuantos segundos los que él y yo tomamos para reflexionar, de hecho, es José quien reinicia el diálogo: “quisiera entender ese fanatismo que la hinchada siente por mi tío, como es que después de tanto tiempo sigue en sus corazones”. En estos tiempos quedan pocos testigos de las hazañas de Lolo Fernández, por lo que su juego es una leyenda y su vida una tradición.

El fútbol es la excusa perfecta para ser idólatra, el escenario en que el ateísmo trastoca en una devoción enfebrecida cuando ruge la tribuna: suena el bombo, repiquetean los tambores y retumba el estadio ante la salida de los jugadores a la cancha . “Hubiese querido verlo jugar en vez de cargar su cajón”, dice José con resignación, pero sin perder ese tono misterioso que reviste el mito al ser relatado. Los que vieron a Lolo han visto la gloria crema, me dice un hincha en la calle. Precisamente, a 107 años de su nacimiento, la figura de Lolo, vestido de corto y con la malla oscura en la cabeza, continúa esculpida en alma de Universitario de Deportes.

Teodoro Fernández Meyzán es el modelo del jugador disciplinado y entregado por completo al balón. Su sobrino José afirma que Lolo era un tipo que vivía para correr tras la pelota. Quizá esa característica tenga algo que ver con su feroz patada, aquella que rompió redes, abolló postes y dejó inconsciente a más de uno. “Mi tío no tomaba vuelo para patear, el metía un fierrazo de cuarenta metros en seco”, dice José y para mí es algo difícil de creer; me cuenta que, durante un partido en Huacho, Lolo sacó un disparo tan fuerte que remeció un árbol detrás del arco, desde donde cayó un hombre que veía el partido. Tomemos en cuenta que, en aquellas épocas, las pelotas eran cosidas y les echaban grasa de vaca para endurecerlas y darles peso.

Seamos sinceros, los ídolos de la U son contados con los dedos. En Alianza, por ejemplo, existe un orgullo justificado por Guerrero, Pizarro, Farfán, Carrillo y muchos más, pero créanme, con Lolo basta. No solo brilló con la crema sino también con la blanquirroja, destacando por encima de figuras como el gran “manguera” Villanueva. Perú no necesitó un buque de guerra o un avión Messerschmitt bf 109 para conquistar Berlín en las olimpiadas de 1936. Fue necesario un cañón, la pierna bendita de Lolo que hizo de las suyas en pleno Reich y bajo las narices de Hitler. Frente a Finlandia, ¡pum!, ¡pum!, cinco goles, Austria lo sufriría también. Maradona dijo una vez que la “Mano de Dios” fue un gol que hizo justicia a los argentinos frente a los ingleses; los goles de Lolo en tierras bávaras significan quizá esa garra, ese empuje bicolor que pugna por ganar un sitio en la historia. El fútbol es un campo de batalla aparte, donde las grandes potencias se achatan y los pitufos se agigantan.

Lolo era hincha y le enseñó a la familia Fernández a serlo también. Nunca se quiso ir, la U era su vida.

A estas alturas de la conversación, José y yo hemos desentrañado muchas historias en torno a Lolo. Una de ellas es el famoso pasaje del cheque en blanco que le ofreció el Colo Colo de Chile. “Claro que pasó, me lo contó mi viejo y el mismo tío Lolo”, dice José, enfatizando cada palabra en su respuesta. Pensé que se trataba de un orgullo desmedido por su linaje, sin embargo, José es muy sincero al hablar de su familia: “Lolo era hincha y le enseñó a la familia Fernández a serlo también. Nunca se quiso ir, la U era su vida”. Y es que, en torno a su imagen, la hinchada crema construyó su identidad: aquella que no abandona, ese hincha que enarbola la victoria y se duele con la derrota, que como un chiquitito, me paro, salto y grito celebrando tu gol, dice la canción.

Rocío Guerrero, una de las hinchas más representativas del cuadro crema, llama al Monumental “El templo” y, como buena feligrés, acude sin falta a cada partido de su amado equipo. No cabe duda que es voz autorizada para relatar el punto de vista de la hinchada. Cuando le pregunto qué significa la figura de Lolo para la ola crema afirma con autoridad que Lolo es la máxima expresión del balompié merengue y del país. Y ya que hablamos de esa imagen llevada a los altares futboleros, Rocío me cuenta que en la Norte existe esa devoción mítica por Lolo: el ritual antes de empezar el partido es siempre el mismo, “tres veces nos persignamos, beso al cielo y el vamos Lolo, no nos dejes”. Tal vez esta sea la respuesta que José y yo hemos tratado de encontrar desde el inicio. La mística crema radica en el mensaje central de la vida de Lolo Fernández: el amor por el equipo por sobre todas las situaciones.

El cineasta Serbio Emir Kusturica menciona en el documental “Maradona by Kusturica” que a los dioses se les perdona todo. Si hubo algo que perdonarle a Lolo fue el hecho de haber encarnado la idiosincrasia tesonera y grácil de un país en constante conflicto. José lo recuerda como una persona noble, sin ningún aspaviento de soberbia en su trato. “A todo aquel que veía en la calle lo saludaba, no le gustaban los homenajes, pero si conversar con jóvenes futbolistas, mi tío era bien tímido”, dice José y agrega, “pero también era un mate de risa, tu hablabas con él y te contaba chistes por horas”. Él no olvida que, como todo Fernández, el buen Lolo era dulcero. Eso le venía desde chibolito, cuando en la hacienda Hualcará en Cañete, su madre doña Raymunda Meyzán le preparaba el higo dulce; “si podía comerse una torta de manzana entera se la comía”, dice José y me contagio de su risa, pues de hecho, a mí también me gustan los dulces, a mi padre y a mis hermanos igual. Según José, si algo tenemos los Fernández como distintivo es la cara, pero veo difícil encontrar algo de Lolo en mis facciones, salvo en el alma, que es donde llevo su rostro.

Muchas son las historias que se cuentan de Lolo, algunas más fantásticas que otras, pero que encierran esa fascinación inocente que reclama la creencia natural del hombre. Yo me quedo con la figura del artillero, quiero creer que sí, sus tiros eran tan fuertes que tumbaban paredes, que los defensas temblaban ante sus disparos, que en su retiro del año 53 aliancistas y cremas lo sacaron en hombros tras el triunfo de la U. Solo nos queda la leyenda, aferrarnos a ella y transmitirla. Pues como dijo José cuando le pregunté que se diría de Lolo de aquí a cincuenta o cien años más: “estarán hablando de él por teléfono, así como tú y yo lo hacemos en este momento”.

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2 comentarios

  1. Lolo Fernández el más grande futbolista del fútbol Peruano temible cañonero ídolo de todo los peruanos el único el auténtico cualquier arquero no quería enfrentarlo porque le quemaban las manos como no tuviéramos más lolos y el Perú sería potencia mundial de fútbol y dale U toda la vida

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